Un sueño a la carta

Un sueño a la carta

Publicado en Diario Sur el 7 de septiembre de 2012

Él entró por la puerta del salón mientras yo escribía y me miró extrañado. Claro que aquello no era el salón de un hogar, sino el de un restaurante y yo no estaba escribiendo un relato, sino copiando la carta del menú. Pasó de largo. Lo vi aparecer por segunda vez con su impoluto uniforme de maître que hacía que no pudiera pasar desapercibido, si no fuese porque Eduardo tenía un superpoder increíble: era capaz de volverse invisible. Sabía perfectamente cuándo hablar y cuándo callar; en sus mesas los platos aparecían casi por arte de magia, las copas siempre estaban llenas, y todo llegaba al punto y en punto. A su lado, yo me sentía tan torpe como un elefante cazado, condenada a repetir “lo siento” una y otra vez.

El segundo día, cuando entró en el salón y me vio atareada en mi empeño por copiar todos los platos de la carta, se paró frente a mí y preguntó “¿qué haces?” Yo no supe qué decir. Colocó el menú a modo de atril y me plantó delante un cubo lleno de cubiertos húmedos. “Si quieres memorizar la carta, hazlo mientras brillas los tenedores”. Y así empecé a aprender el arte de la hostelería. Abrillantar cubiertos y copas, rellenar los convoyes, colocar bien las flores, doblar servilletas, ajustar el mandil… Era como preparar el escenario y el traje antes de que empezara el baile, porque aquello era una auténtica danza.

Muñecas, manos, brazos, caderas, piernas y pies, al ritmo que marcaba nuestro director de orquesta. Los ojos eran la palabra para comunicarnos, como hacen los músicos cuando tocan al compás. Aprendí la jerarquía del trabajo, el respeto por los más veteranos, a observar cada mesa, a cada persona, sus gestos y gustos. Escuché sus historias en varios idiomas, inventé sus pasados y escribí cientos de cuentos mientras seguía abrillantando cubiertos.

Un día de esos en los que te sientes realmente cansada, Eduardo me acercó una silla y se sentó a mi lado a pulir las copas. Me volvió a preguntar que qué hacía aquel día copiando la carta. Contesté que quería ser escritora y me dijo que si había conseguido bailar en su salón, podía llegar a ser cualquier cosa.