Sin remite

Sin remite

Desperté como despiertan los osos polares. Hambrienta e invernal. Agarrándome a las sábanas blancas con la esperanza de que se derritieran, mordiendo la almohada en busca de alimento, acusando al reloj de mi condición humana a base de bofetadas. Maldita alarma, maldito temporal. Con los pies hinchados fui recorriendo paso a paso el borde de la cama, girando 360 grados sobre mi cabeza, convenciéndome a mí misma de que podía pasar el tiempo así, dando vueltas en el mismo plano, haciendo de mis piernas la medida de los días. Un minuto, una hora, una semana, un mes, un peldaño. Desnuda y enzarzada en las sábanas, comencé la cuenta atrás, girando al revés, retrocediendo con los tobillos el absurdo camino andado. Pero el tiempo es una escalera de un solo sentido, no podemos rebajar la edad ni el calendario. Volvió a sonar la alarma y estiré una pierna hasta alcanzar el cable, enredarlo en mi tobillo y tirar de él con un movimiento seco, certero, capaz de parar el tiempo. Pero el invierno siguió avanzando pues no existen alarmas que nos hagan despertar de ciertos sueños.

Era jueves, 14 de febrero. Él estaba de viaje, otra vez. Abrí el correo y una avalancha de publicidad arrasó la bandeja de entrada: “Díselo con flores”, “Díselo con chocolate”, “Díselo con zapatos”. Pulsé la tecla de responder al último email y escribí: “Tras un puntapié poco hay que decir”, y al minuto recibí una respuesta automática que aseguraba que “Tenemos todas las tallas para tu hombre ideal”. Volví a contestar: “Solo quiero un hombre que de la talla, aunque vaya descalzo”. La máquina respondió de nuevo con un “¿Quieres estar más guapa? ¡Ponte tacones!” y me lo tomé a mal, como si me estuviera diciendo que yo no estaba a la altura. Apagué el ordenador y haciendo acopio de mis fuerzas, me duché y me vestí.

Bajé al trastero y cogí la bicicleta en peso, parecía más ligera que antes, ella también había adelgazado. Llené las ruedas de aire con el inflador, de la misma forma que había llenado mis pulmones con tabaco la noche anterior, intentando que el humo conquistase el territorio desolado entre las costillas. Salí del portal y comencé a pedalear. Pensé que podría recorrer todas las calles de la ciudad hasta volver al punto inicial. Pero las bicicletas, como el tiempo, no tienen marcha atrás. Así que me detuve, exhausta y dolorida. Avancé caminando hasta el primer poste que vi y apoyé la bicicleta en él. Cogí el candado y lo pasé por el centro de aquel triángulo de huesudo metal hasta formar un círculo con la cadena. Justo antes de cerrarlo, recordé sus palabras: “Hay que asegurarla bien para que no te la roben”, y me di cuenta de que esa imagen se parecía bastante a un anillo de compromiso. ¿De eso se trataba? ¿De atarme en corto? ¿De poner una cadena alrededor de mis huesos para dejar de tener miedo a perderme? Arranqué la cadena con fuerza, la lancé al vacío y volví a casa.

Al abrir la puerta, el espejo del salón me devolvió la mirada. Mi vestido parecía un retal olvidado de la tela con la que él había decorado cortinas y sofás. Mi pelo castaño y liso se ondulaba en las puntas imitando la madera de aquellas sillas isabelinas que él había elegido años atrás. ¿En qué momento me había convertido en un mueble más de la casa? Cerré la puerta y comencé a desabrochar uno a uno los botones hasta que el vestido cayó inerte sobre el suelo de mármol. Mi ropa interior de encaje no era más que una imitación barata de los visillos que colgaban de la ventana, dejando entrar una cantidad moderada de luz y permitiendo que saliera de mí el deseo de observar más allá de ellos. Me deshice de la lencería también y continué deshaciendo las lazadas de los zapatos hasta quedarme desnuda. Por último me quité los pendientes que colgaban de mis lóbulos como aquellas lámparas de araña, y el anillo, ese anillo de compromiso.

Lo sostuve entre mis dedos durante un segundo y luego cayó al suelo de una forma pesada, sin rebotar, se incrustó en la superficie como si una nueva fuerza de gravedad lo hubiese atraído con violencia, como si la casa lo hubiera agarrado ferozmente. Entonces comenzó el terremoto. El papel de las paredes se despegó de su carne, los muros se agrietaron, el suelo se deshizo. Salí corriendo de allí, desnuda y sola, mientras cada peldaño de la escalera se deshacía detrás de mí, llevándose con él la rutina, lo cotidiano, las esquinas y aquel amor que lo era todo menos propio. Él regresó 3 días después. Entre las ruinas encontró una carta que decía: “He cambiado de dirección”.