Se acabaron las perdices

Se acabaron las perdices

Publicado en Diario Sur el 1 de junio de 2012

Nunca he trabajado como asesino por encargo. Para mí es tan obvio que matar está mal como que morir es inevitable. Todos los días muere alguien en nuestra casa, frente a nuestras narices y junto a nuestro sofá, todos los días hay un asesinato en televisión. Y así nos va. Cada día un poco más insensibles, hasta que no nos cuesta nada asesinar ilusiones, secuestrar esperanzas o apuñalar por la espalda con un comentario de doble filo. La ficción nos atrapa en su telaraña, nos aturde despacio, nos rodea con un fino hilo de indiferencia hasta que, al final, consigue envolver nuestros principios en su madeja. Menudos capullos estamos hechos, amigo mío.

¿Matar o morir? ¿De eso se trata? Recuerdo a Juan, con su escopeta al hombro, abriendo el sendero delante de mi abuelo y mi padre. «Un hombre tiene que saber cazar perdices», me decía mientras sacaba los cartuchos. A diferencia de mí, Juan sí estuvo en la mili pero aprendió a usar la escopeta mucho antes, justo después del tirachinas. Juan sabía cómo dar un tiro certero, pero cada vez que apretaba el gatillo, yo podía ver cómo se le encogía el alma. No, él tampoco era un asesino por encargo. Llevaba una vida sencilla, desayunaba con la familia y se iba a la oficina. Nunca dejaba que sus empleados saliesen después de su hora, «hay un momento para trabajar y un momento para disfrutar, pero nada de relajarte, chaval, que la vida es corta».
Hoy hace un mes que fuimos al entierro, ese día no hubo perdices, ni televisión, ni sueño. Cuando leyeron el Salmo 23, se me quedó clavada una frase: «Me preparas un banquete enfrente de mis enemigos», y me di cuenta de que no era una lectura para Juan. Estoy seguro de que mi tío hubiese preferido que le leyeran el periódico, como hacía todos los días. Eso a falta de una carta sincera de quienes le conocimos, un par de palabras de despedida, el pequeño resumen de su historia. Mi tío merecía un final mucho mejor que aquel Salmo 23, pero siempre fue de los que no reservan lo mejor para el final, vivió comiendo perdices y regalando finales felices.