En pocas palabras

En pocas palabras

Publicado por Diario Sur el 24 de agosto de 2012

La literatura no entra por los ojos. Leer implica mirar y no solo ver. Si ves un libro, si lo abres incluso, montones de letras te salpican en la cara como una lata de refresco agitada. Para ver en la literatura hay que mirar y mirar no está de moda. Vivimos en la época del click, del tweet, del hi!, hasta los ‘buenos días’ nos parecen largos. Nos hemos vuelto apostróficos, por no decir atrofiados y la culpa no es de nadie. Disfrutamos del cine, las series, la música, la pintura, arquitectura, fotografía… de todo arte pasivo que nos entre por los ojos, los oídos o la boca sin necesidad de esfuerzo alguno. Y cuando no hay esfuerzo, todo pierde valor.

Leemos, por supuesto, mucho más que antes. Leemos miles de tweets, cientos de titulares de periódicos y blogs, decenas de actualizaciones de estado. Leemos mucho más y, en mi opinión, mucho peor. Pero el arte siempre sobrevive y por eso la literatura evoluciona hacia fórmulas que, aunque puedan ser consumidas a lo fast food, son elaboradas con esmero y dedicación. La poesía recitada, los relatos breves y los microrrelatos están tomando un protagonismo cada vez mayor, son las tapas de nuestra acelerada dieta cultural.

Cuando pienso en la literatura breve, siempre se me vienen a la cabeza autores americanos, quizás porque ellos empezaron antes a crear este tipo de textos, o puede que sea porque a ellos sí los leíamos en la Universidad, mientras que la literatura inglesa –con excepciones- solía enseñarse mediante listados de autores y nombres de libros a memorizar como fórmulas.

Leer a Sherwood Anderson e imaginar cómo miraba sus manos al escribir ‘Hands’, pensar en los secretos guardados bajo el bigote de Ezra Pound, preguntarse si habrá tiempo para todo, como dice T.S. Eliot o caminar por los altos hornos junto a Rebeca Harding Davis. Leer a esos autores significó conocerlos, disfrutarlos y valorarlos, aunque también significó abrir los ojos, enfocar la mirada y hacer un pequeño esfuerzo. Y es que mi vida no sería igual si no me hubiese parado a mirar esas pequeñas obras de arte, de la mano de profesoras como Ruth Stoner.