Cuidado al pisar

Cuidado al pisar

Publicado en Diario Sur el 2 de mayo de 2012

En griego, éntomos significa insecto. No sé si tiene algo que ver con que las enciclopedias vengan en tomos. El caso es que, hoy en día, las enciclopedias parecen piezas embalsamadas y dignas de museo, pero los insectos están más vivos que nunca, pueblan nuestros colchones, tuberías e incluso nuestras conciencias de día y de noche. ¿A quién no le ha carcomido algo cual termina hambrienta? ¿Quién no ha sentido un hormigueo en las piernas o a quién no se le ha atragantado una mariposa en el esófago?

Miramos a los insectos con indulgencia, curiosidad, miedo o crueldad. Me pregunto cómo nos mirarán los dioses, si es que las divinidades no se extinguieron junto con los dinosaurios. Camino hacia el salón con el fin de resolver mi duda en la enciclopedia, pero me encuentro con que no hay salón, ni enciclopedia, ni nada más allá de 50 metros cuadrados gobernados por un ordenador y decenas de libros que han dejado de estar en paro al encontrar una nueva ocupación: de profesión, ebanista.

Me acuerdo de Daniel, de la nítida casa con paredes blancas e impoluta biblioteca, de su soledad, de cómo esperaba en el salón a que un vendedor de libros tocase a la puerta. Ahora también se han extinguido los vendedores de enciclopedias. ¿Qué habrá sido de aquella Larousse que escondía los secretos universales en 24 tomos y 2 apéndices? Con ella aprendí a deletrear Vesubio, lo que era la mitosis, el porqué mi hermano y yo teníamos géneros diferentes, si fue Edison o Tesla quien iluminó nuestras conciencias.

Creo que ya pocos se acuerdan y nadie las echa de menos, excepto quizás, los piojos del papel, ellos aún sobreviven. Resulta casi ridículo que sus cuerpos blandos y grisáceos, sus delicadas antenas y sus diminutos ojos estén superando esta crisis, cosa que muchos no han conseguido. ¿Qué pensarán de mí cuando se coman mis letras en el periódico? Probablemente las mirarán con indulgencia, curiosidad e infinita hambruna; las comerán con alevosía, se saciarán sin paciencia, hasta que tarde o temprano un pie las aplaste, más o menos como hacían los dioses.